Ignacio Arbide: Hombres y máquinas en “Leaxpi industri Paisaiak”. 2013.

Leaxpi Industri Paisaiak. 1991.Leaxpi Industri Paisaiak. 1991.

HOMBRES Y MÁQUINAS EN “LEAXPI INDUSTRI PAISAIAK” 

Burdinola continua siendo fiel a su propósito inicial de descubrir, conservar y divulgar el patrimonio histórico y cultural de Legazpi. En esta ocasión, al cumplirse sus primeros veinte años de vida, publica un libro que contiene fotografías de la industria del pueblo, realizadas por Gorka Salmerón en los primeros años de la década de los 90 del pasado siglo. Nada hacía suponer en aquellos momentos que pronto se iban a iniciar dentro de esa industria transformaciones que supondrían el final de una época que había durado unos cien años, prácticamente todo el siglo XX.
Esta época podía ser considerada como la tercera de la industria del hierro en Legazpi. Había pasado anteriormente por dos etapas, mucho más dilatadas en el tiempo. La primera fue las de las haizeolak, pequeños hornos muy rudimentarios emplazados en lo alto de los montes, en lugares propicios para conseguir el carbón y el mineral necesarios para obtener el hierro, que trabajaron en nuestros montes durante varios centenares de años, a lo largo de la Edad Media. Las instalaciones de la segunda de las etapas indicadas eran conocidas como zeharrolak, y eran ya mucho más sofisticadas, con su presa en el río, sus ruedas hidráulicas de palas, sus fuelles, hornos, martillos… En nuestro río Urola surgieron enseguida una serie de estas zeharrolak, que produjeron hierro de gran calidad durante unos seiscientos años, entre los siglos XIII y XIX.
Con su Leaxpi Industri Paisaiak Salmerón ofrece un homenaje a este notable pasado industrial de Legazpi, en el que prácticamente todo el pueblo se dedicó a la obtención y trabajo del hierro, durante más de mil años y sin solución de continuidad. El autor ha dicho en diversas ocasiones que, desde que orientó su vida por el camino de la fotografía, había sentido siempre la necesidad de trabajar sobre este tema. En ello pudo influir, además de sus atávicas inclinaciones de legazpiarra, el recuerdo de algunas experiencias vividas durante su infancia. Como haber participado desde muy niño en las excursiones que Burdinola organizaba para tratar de localizar en los montes vestigios de las viejas ferrerías. Y, sobre todo, las experiencias que se derivaron del hecho de que su abuelo materno trabajara como encargado en los hornos eléctricos de la empresa Patricio Echeverría. Con la terquedad propia de un niño de diez o doce años, consiguió Gorka que el abuelo le enseñara el taller y las instalaciones en las que se elaboraban aceros especiales cuya alta calidad era reconocida en el mundo entero. En esas visitas contemplaba, entre temeroso y asombrado, las combinaciones de luces realmente únicas que provocan los arcos que saltan entre los electrodos y la chatarra del horno, los chorros del acero líquido que se vierte en moldes, los enormes lingotes que al enfriarse van pasando por una rica gama de colores amarillos, rojos, grises… Pienso que la ilusión y la afición a la fotografía (en su etimología, “grabar mediante la luz”) pudieron surgir en Gorka, inconscientemente, de la contemplación del espectáculo de luces y colores que es una fundición de acero.
Descubierta su vocación, a la que pensaba dedicar toda su actividad futura, Salmerón inició un proceso de formación, en el que combinó la práctica constante con  la participación en jornadas, cursillos, talleres relacionados con la fotografía… Y, partiendo de una base teórica  muy limitada, prosiguió tenazmente en sus estudios, sin prisa y sin pausa, hasta lograr la licenciatura en Bellas Artes en la Universidad del País Vasco, lo que da una idea de la solidez y amplitud de la visión estética y humanista de Gorka.
Porque la dedicación a la fotografía que ha mantenido a lo largo de su vida, lejos de aislarle de los problemas de su entorno, ha hecho que los viva en plenitud y que participe activamente de las inquietudes humanas, sociales, artísticas, de nuestra sociedad y de nuestro mundo. De su ya abundante obra, cabe destacar, en este sentido, su colección “Rwanda, 1992”, en la que recogió, con rigor formal y expresividad plástica, las experiencias humanas vividas cuando acudió  a la “École d’Arts” de Nyundo, al noroeste de Ruanda, invitado a impartir un curso de fotografía para profesores. La colección refleja, en unas imágenes bellísimas, el dramatismo de la situación de guerra casi permanente vivida en aquella zona de África.
El recuerdo de esta colección de Ruanda nos evoca otra faceta muy importante de la personalidad de Gorka Salmerón, que no puede pasar desapercibida: la de su actividad docente, que ejerce, con entusiasmo y entrega, en multitud de ocasiones, requerido por diversas instituciones tanto oficiales como privadas. Su propio proceso de formación, lento, concienzudo, empezado desde lo más elemental y continuado paso a paso, le ha hecho conocer su “oficio” a fondo, desde la a hasta la z
La maduración humana del artista ha enriquecido el enfoque dado a su trabajo sobre el “paisaje industrial de Legazpi”. Si sus primeros deseos podían ser los de captar los juegos de luz de la fábrica con todos los problemas técnicos que ello le presentara,  pronto se hizo planteamientos  y preguntas como: ¿qué sucede dentro de la fábrica? ¿Qué hacen en la fábrica y qué les hace la fábrica a esos centenares de personas que, al toque del “tutu”, desfilan uniformadas de azul por las calles del pueblo y se introducen a continuación en la panza enorme de ese gran monstruo productor de acero?
De todas estas inquietudes nos habla “Leaxpi Industri Paisaiak”. Por una parte, quiere recoger cuidadosamente todos y cada uno de los detalles de cada edificio, de cada máquina. Para ello, consigue que el acero deje de ser el protagonista único y absorbente que ennegrece y oculta a quien no le refleja: se transforma aquí en río de luz que sigue y muestra cada proceso de fabricación, y es unas veces corriente fluida, otras remanso, otras cascada, a veces encaje transparente y delicado. Y ello permite al artista ofrecernos no sólo los detalles constructivos y técnicos, sino además toda la amplia y bellísima gama de tonos y de matices que puede proporcionar el blanco y negro.
Y aparece, en esta serie de fotografías, la principal preocupación de Salmerón: el obrero, el hombre, el abuelo siempre recordado. En ocasiones, ese hombre es solamente unas manos que manejan unas tenazas o unos pies que accionan un pedal: ser sin rostro, casi abstracto, fantasmagórico, frágil elemento de producción que se difumina ante la solidez e importancia de las máquinas… Pero otras veces aparecen —y nos llenan de alegría— hombres concretos, cercanos, con nombres y apellidos. Son —en expresión del propio artista— “los pequeños hombrecitos compitiendo con las máquinas” que él recordaba desde niño. Si la cámara recogía antes con cuidado los detalles de las instalaciones, ahora se carga de cariño, de mimo, al contemplar a quienes trabajan en ellas, perdidos frente a la inmensidad de los talleres y máquinas, o descansando en camaradería y buen humor, o fumando el cigarrillo que entretiene y reconforta. Hombres de vuelta de casi todo, que acaso revelan, en el fondo de su mirada, la preocupación por un futuro lleno de dramáticas amenazas llamadas crisis económica, pérdida de puestos de trabajo, paro…
Modificando el sentido de una frase célebre, podríamos decir a la vista de esta publicación: el tema, el libro, el autor, ¡qué feliz combinación!

Ignacio Arbide. 2013.

Libro: Leaxpi Industri Paisaiak. 2014.