Legazpi, del gris oscuro al negro. 2013.

Texto escrito para el libro “Leaxpi Industri Paisaiak” editado por Burdinola, Asociación de Amigos del Museo del Hierro de Legazpi, Gipuzkoa.

 

LIP 2002
Leaxpi Industri Paisaiak. 2002.

Legazpi, del gris oscuro al negro

La entrada al pueblo siempre ha tenido un aire gris, gris oscuro, tirando a negro. El visitante que accede por primera vez a Legazpi normalmente atraviesa un largo corredor entre oscuros pabellones rodeado de humo, ruido y olores. Es el pasadizo al “Valle del Hierro”, a un territorio en el que hasta hace poco se ha venido fundiendo hierro durante siglos y en el que curiosamente hace unos pocos años se ha dejado de hacerlo. Todavía se sigue trabajando con el hierro, pero la fundición y muchas de las secciones que pertenecieron a Patricio Echeverría se han cerrado o han desaparecido. Algunos de sus talleres se mantienen y otros se han reconvertido, pero ya no se funde acero. Acaba de desaparecer una tradición milenaria, algo que nos ha caracterizado en este rincón de la Gipuzkoa profunda desde siempre, una labor que se ha practicado en la zona durante generaciones, según lo confirman los restos hallados en los diversos “zepadis“ o escoriales que abundan en los montes de la comarca.
La fábrica siempre ha estado ahí: la conocimos desde niños, ha formado parte del paisaje de nuestra historia cotidiana, integrándose en nuestras vidas y en nuestra memoria. Casi todo el pueblo ha dependido de Patricio Echeverría, de la fábrica. Curiosamente a comienzos del siglo XX sólo un puñado de caseríos conformaba el casco urbano; posteriormente el desarrollo urbanístico del valle ha sido alrededor de la fábrica, desde la misma y como prolongación de ella, en una especie de sistema casi feudal que se mantuvo hasta finales de siglo. Pertenecían a “Patricio” las distintas pensiones de los obreros, el economato, el asilo, el colegio de los frailes, el de las monjas, las viviendas que se construyeron para los obreros en diversas fases y según distintas categorías sociales, -en función del rango del trabajador/productor- el pantano, los chalets de la familia Echeverría, la hospedería, la biblioteca, la reconstruida Ferrería de Mirandaola (en la cual se produjo el “Milagro de la Santa Cruz”, apareciéndose una cruz ante los sorprendidos ferrones aquel primer domingo de mayo de 1580…). La historia más reciente del pueblo se ha desarrollado en torno y a través de “la fábrica”.
La casa de los aitonas era amplia en comparación con las viviendas del resto de los obreros. Esa casa se le adjudicó en su última etapa laboral en la empresa, en la que desempeñó la función de encargado en la fundición. Previamente se había dejado media vida trabajando duramente en la fábrica y acabó jubilándose con un desgaste de cadera y otro de rodilla, los cuales le hacían caminar lenta y pausadamente, de una forma característica. Al igual que el resto de la casa, la cocina -el territorio que controlaba la amona- también era grande, y disponía de un enorme ventanal desde el cual se divisaba la Avenida del Trabajo (esa entrada gris oscura) y por supuesto, la fábrica. Era un ventanal con tres grandes hojas, de las cuales dos se abrían; cada una con su correspondiente manilla, y donde a su vez colgaban sendas botas de vino mientras los trabajadores estaban en casa. Eran los “zatos” o botas que llevaban a la fábrica el Aitona Lorenzo y el Tío Primi. Supongo que siempre ha sido la curiosidad la que me ha motivado a indagar en lo nuevo, en lo desconocido; y he de confesar que si la cocina estaba vacía, cuando la amona abandonaba su espacio habitual, desde pequeño aprendí a probar de esas botas sin que se notara la falta o diferencia en ellas. Requería cierta práctica y algo de entrenamiento no dejar pistas, sin perder una gota en el camino ni delatarse con una mancha en la ropa o bajo el hocico.
Fue en 1980 cuando se presentó el libro “Ferrerías en Legazpi”, un libro modesto que se convertiría con los años en un referente para los estudiosos del tema. Entonces rondaba los 11 años, pero los recuerdos de aquella época están muy presentes todavía. Mi padre colaboró en aquel proyecto y a mí me tocó participar disfrutando en las salidas de campo, viendo cómo posteriormente Salmerón padre iba realizando los dibujos y mapas a últimas horas de la tarde-noche en casa, con los Rotrings y Letraset, mientras mi madre y yo atendíamos sus dudas para traducir al euskera los topónimos. Ignacio Arbide me animó a seguir colaborando en los proyectos de investigación cuando se presentó aquel libro. Él ya intuyó que algo se estaba gestando, que en el futuro podrían surgir nuevas propuestas de un crío curioso e inquieto. Las salidas a las minas, visitar los “zepadis” o escoriales, indagar en las ruinas de las antiguas ferrerías, fueron actividades que dejaron huella en aquel chaval que luego pretendería recoger una muestra de ese legado y reconvertirlo en imágenes.
La fábrica siempre ha estado ahí, a pesar de haber ido cambiando poco a poco. El día a día y la cotidianidad nos impiden reparar en ello: es el paso del tiempo el que se encarga de ese juicio, de esa reflexión final, de poner las cosas en su sitio. El transcurrir de los años me hace asumir y confesar que mi mirada, la visión sobre la fábrica, también ha ido modificándose y variando. Los ojos con los que la he observado en cada época han sido distintos, en función del momento y de mi interés. Sin embargo todavía hoy la entrada a Legazpi sigue siendo gris, gris oscura, tirando a negro.

Gorka Salmerón Murgiondo.
Julio de 2013.

Texto: Leaxpi Industri Paisaiak. 1992.

Libro: Leaxpi Industri Paisaiak. 2014.